La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Sí, sí, querida, muy bonito —decía la señorita Ophelia—. Pero, ¡córcholis, se ha detenido el barco! ¿Dónde está tu padre?
Y comenzó el alboroto típico del desembarco: camareros corriendo en veinte direcciones a la vez, bolsas, cajas, mujeres llamando ansiosas a sus hijos, todos apretujándose en una densa masa hacia la plancha de desembarco.
La señorita Ophelia se sentó resueltamente en el recién conquistado baúl y, formando todos sus muebles y enseres con gran disciplina castrense, parecía dispuesta a defenderlos hasta el último aliento.
«¿Le llevo el baúl, señora?», «¿Le llevo el equipaje?», «Déjeme cuidar de sus maletas, señora», «¿No quiere usted que se lo lleve?»; le llovieron las ofertas sin que hiciera caso. Se quedó sentada impertérrita, tiesa como una aguja de zurcir pinchada en una tabla, agarrada a su manojo de paraguas y parasoles, respondiendo con bastante determinación para desanimar incluso a los cocheros de alquiler y preguntando a Eva repetidamente: «¿En qué estará pensando el papá? No se habrá caído por la borda, pero algo tiene que haberle ocurrido»; y justo cuando empezaba a angustiarse de verdad, apareció él y, desenfadado como siempre, ofreciendo a Eva un cuarto de la naranja que él se estaba comiendo, dijo: