La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bien, prima Vermont, supongo que estás preparada.
—Hace casi una hora que estoy preparada y esperando —dijo la señorita Ophelia—; empezaba a preocuparme por ti.
—Eres una chica lista —dijo él—. Bien, nos espera el coche, y se ha dispersado la multitud, de manera que ya podemos salir como cristianos decentes, sin que nos empujen y zarandeen. Toma —dijo a un cochero que estaba detrás de él—, llévate estas cosas.
—Iré a ver cómo las carga —dijo la señorita Ophelia.
—¡Bah, prima! ¿Para qué? —dijo St. Clare.
—En todo caso, me llevaré esto y esto y esto —dijo la señorita Ophelia, apartando tres cajas y una maleta.
—Querida señorita Vermont, debes olvidarte un poco de tus costumbres norteñas ahora. Debes adoptar aunque sea un poquito de los principios sureños y no caminar con todo ese peso. Te tomarán por una camarera; dáselos a este individuo; él los cogerá como si fueran huevos.
La señorita Ophelia miró desesperada mientras su primo la desembarazaba de todos sus tesoros y se alegró cuando se reunió de nuevo con ellos, en perfecto estado, en el carruaje.
—¿Dónde está Tom? —preguntó Eva.