La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Ah, Adolph, ¿eres tú? —dijo su amo, ofreciéndole la mano—. ¿Cómo estás, muchacho? —mientras Adolph pronunciaba con gran fluidez un discurso improvisado que llevaba quince dÃas preparando con gran esmero.
—Vaya, vaya —dijo St. Clare, marchándose con su aire habitual de desenfadado humorismo—, eso está muy bien expresado, Adolph. Cuida de que se distribuya correctamente el equipaje. Iré a ver a la gente dentro de un momento —y, diciendo esto, condujo a la señorita Ophelia a un gran salón que daba al porche.
Una mujer alta y cetrina de ojos negros hizo ademán de levantarse de un sofá donde estaba tumbada.
—¡Mamá! —dijo Eva con una especie de embeleso, echándose a su cuello y abrazándola una y otra vez.
—Ya está bien… ten cuidado, niña… deténte, que me das dolor de cabeza —dijo la madre, tras besarla lánguidamente. Entró St. Clare, abrazó a su esposa de manera ortodoxa y marital y le presentó a su prima. Marie levantó los ojos a su prima con cierto aire de curiosidad y le dio la bienvenida con cortesÃa apática. Una multitud de criados se agolpaba en torno a la puerta, y entre ellos una mulata de mediana edad y apariencia muy respetable se adelantó trepidante de expectación y alegrÃa.
—¡Oh, ahà está Mammy! —dijo Eva, cruzando la habitación de un salto; se echó en sus brazos, besándola una y otra vez.