La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Esta mujer no le dijo que le daba dolor de cabeza sino, al contrario, la abrazó y se rió y lloró hasta el punto de hacer dudar de su cordura; cuando soltó a Eva, ésta se lanzó de uno a otro dándoles la mano y besándolos de tal forma que la señorita Ophelia dijo luego que le revolvió el estómago.
—Bien —dijo la señorita Ophelia—, los niños sureños hacen algo que yo no sería capaz de hacer.
—¿Y qué es? —preguntó St. Clare.
—Bien, quiero ser amable con todo el mundo y no quisiera hacer daño a nadie, pero en cuanto a besar…
—A los negros —dijo St. Clare—; es demasiado para ti, ¿eh?
—Pues, sí, eso es. ¿Cómo puede hacerlo ella?
St. Clare se rió al salir al corredor. —¡Hola, hola! ¿Qué pasa aquí fuera? Eh, vosotros, Mammy, Jimmy, Polly, Sukey, ¿estáis contentos de ver al amo? —dijo, al pasar de uno a otro dándoles la mano—. Cuidado con los bebés —añadió, al tropezar con un niño del color del hollín que andaba a gatas—. Si piso a alguien, que me lo diga.
Hubo muchas risas y bendiciones para el amo, mientras St. Clare distribuía entre ellos algunas monedas.