La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Bien, marchaos ya, como buenos muchachos —dijo; y toda la compañía oscura y clara, desapareció por una puerta que daba a un gran porche, seguidos de Eva, que llevaba una gran bolsa que había llenado con manzanas, frutos secos, caramelos, cintas, encajes y juguetes de todo tipo durante su viaje de vuelta a casa.

Cuando St. Clare se giró para regresar, posó su mirada en Tom, que estaba de pie inquieto, descansando el peso primero en un pie y luego en el otro, mientras Adolph se apoyaba indiferente en la barandilla, escudriñando a Tom a través de unos gemelos de teatro, con un aire digno del dandi más importante del mundo.

—¡Mira al pisaverde! —dijo su amo, quitándole los gemelos de un manotazo—. ¿Es ésa forma de tratar a un compañero? Me parece a mí, Dolph —dijo, tocando el elegante chaleco de raso que llevaba Adolph—, me parece a mí que este chaleco es mío.

—¿Qué, amo, este chaleco todo manchado de vino? Por supuesto que un caballero como el amo nunca se pondría un chaleco así. Tenía entendido que me lo había de quedar yo. Está bien para un pobre negro como yo.

Y Adolph movió la cabeza y pasó los dedos por el cabello perfumado con gran elegancia.


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