La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Conque asà están las cosas, ¿eh? —dijo displicente St. Clare—. Bien, pues yo voy a llevar a este Tom ante el ama para enseñárselo y después te lo llevas tú a la cocina y cuidado con darte aires ante él. El vale por dos pisaverdes como tú.
—El amo siempre está bromeando —dijo Adolph, riendo—. Me alegro de verlo de tan buen humor.
—Por aquÃ, Tom —dijo St. Clare, haciéndole un gesto de que se acercase.
Tom entró en la habitación. Miró pensativo las alfombras de terciopelo y los esplendores indescriptibles de los espejos, cuadros, estatuas y cortinas y, como la reina de Saba ante Salomón, se quedó sin ánimos. ParecÃa temeroso incluso de posar los pies en el suelo.
—Mira, Marie —dijo St. Clare a su esposa—, por fin te he traÃdo a un cochero en regla. Te digo que es como un enterrador por su negrura y sobriedad y te llevará como si fueras a un funeral, si asà lo deseas. Abre los ojos, pues, y mÃralo. Y no digas que no pienso en ti cuando estoy fuera.
Marie abrió los ojos y los fijó, sin levantarse, sobre Tom.
—Sé que se emborrachará —dijo.
—No, me han garantizado que es un hombre pÃo y abstemio.
—Pues espero que dé buen resultado —dijo la dama—, aunque no lo creo.