La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Si no te importa mi opinión sobre una cosa, supongo que tampoco te importará sobre la otra —dijo la dama, cerrando el daguerrotipo.
«¡Maldita mujer!» dijo mentalmente St. Clare; pero en voz alta añadió: —Vamos, Marie, ¿qué me dices del parecido? No seas tonta, vamos.
—Eres muy desconsiderado, St. Clare —dijo la dama— al insistir en que hable y mire cosas. Sabes que estoy con jaqueca todo el dÃa, y ha habido tal escándalo desde que habéis llegado que estoy medio muerta.
—¿Eres propensa a las jaquecas, prima? —preguntó la señorita Ophelia, emergiendo de pronto desde el fondo de un gran sillón donde estaba sentada en silencio, haciendo inventario de los muebles y calculando su precio.
—SÃ, soy una verdadera mártir de las jaquecas —dijo la dama.
—El té de enebrina es bueno para los dolores de cabeza —dijo la señorita Ophelia—; por lo menos, asà lo decÃa Auguste, la esposa del diácono Abraham Perry, y ella era una gran enfermera.