La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Eso tiene algo de sentido, en tu caso; te han criado como a una hija, te han dado de comer y te han vestido, te han mimado y te han enseñado para que estuvieras bien instruida; esos son motivos por los que pueden pretender poseerte. Pero a mí me han pateado y golpeado e insultado y lo mejor que me han hecho ha sido dejarme en paz; ¿qué les debo yo? He pagado cien veces por todo lo que me han enseñado. ¡No pienso tolerarlo y no lo toleraré! —dijo apretando los puños y frunciendo el ceño con fiereza.
Eliza tembló y calló. Nunca antes había visto a su marido de un talante parecido, y su suave sentido de la ética pareció doblarse como un junco ante la fuerza de su pasión.
—¿Sabes? El pequeño Carlo que tú me regalaste —añadió George—, esa criatura ha sido el único consuelo que he tenido. Ha dormido conmigo por la noche y me ha seguido durante el día, mirándome como si entendiera cómo me siento. Bueno, pues el otro día le daba de comer algunas sobras que recogí en la puerta de la cocina, cuando apareció el amo y dijo que lo alimentaba a su costa, que él no podía permitirse el lujo de que todos los negros tuviéramos nuestro propio perro, y me mandó atarle una piedra al cuello y echarlo al estanque.
—¡Ay, George, no lo harías!