La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Después de esta comunicación, los miembros del grupo, que habÃan adoptado diferentes posturas, merecÃan que les retrataran. Rachel Halliday, que habÃa apartado las manos de una hornada de galletas al oÃr las noticias, las mantenÃa levantadas y manchadas de harina, con una expresión de grave preocupación en el rostro. Simeon tenÃa un aspecto profundamente pensativo. Eliza habÃa rodeado a su marido con los brazos y lo contemplaba. George tenÃa los puños apretados y los ojos llameantes, y tenÃa el aspecto que tendrÃa cualquier hombre al que fueran a vender a la esposa en una subasta y al hijo a un tratante, todo bajo el amparo de las leyes de una nación cristiana.
—¿Qué hacemos, George? —preguntó Eliza desmayada.
—Sé lo que voy a hacer yo —dijo George, entrando en la pequeña habitación, donde se puso a examinar unas pistolas.
—¡Ay, ay! —dijo Phineas a Simeon con un movimiento de cabeza—. ¿Ves, Simeon, lo que va a pasar?
—Ya veo —dijo Simeon con un suspiro—. Espero que no llegue a tanto.
—No quiero que se involucre nadie conmigo o por mi culpa —dijo George—. Si puede prestarme su vehÃculo y darme direcciones, iré solo al próximo puesto. Jim es fuerte como un gigante y valiente como la muerte y la desesperación, y yo también.