La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bien, amigo —dijo Phineas—, pero aun asÃ, vas a necesitar a un conductor. Ya sabes que te dejaremos, encantados, que pelees tú sólo, pero hay un par de cosas que sé yo de la carretera que no sabes tú.
—Pero no quiero implicarle —dijo George.
—¡Implicarme! —dijo Phineas, con una curiosa expresión aguda en la cara—. Cuando llegues a implicarme, házmelo saber.
—Phineas es un hombre sabio y hábil —dijo Simeon—. Harás bien, George, si te dejas guiar por su juicio y —añadió, poniendo la mano amablemente en el hombro de George y señalando las pistolas— no te precipites con éstas; la sangre joven es caliente.
—No atacaré a ningún hombre —dijo George—. Todo lo que le pido a este paÃs es que me deje en paz, y yo me iré pacÃficamente; pero —hizo una pausa y se oscureció su ceño y se torció su rostro— han vendido a una hermana mÃa en el mercado de Nueva Orleans. Sé para qué las venden, y ¿me voy a quedar quieto para ver cómo se llevan a mi esposa para venderla, si Dios me ha dado un par de fuertes brazos para defenderla? ¡No, que Dios me ayude! Lucharé hasta el último aliento, antes de dejar que se lleven a mi esposa y a mi hijo. ¿Me culpan ustedes?