La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —NingĂşn hombre puede culparte, George. La carne y la sangre humanas no pueden actuar de otra forma —dijo Simeon—. Desdichado es el mundo por culpa de las ofensas, pero desdichados sean los que las causan.
—¿Incluso tĂş harĂas lo mismo, en mi lugar?
—Ruego a Dios que no me ponga a prueba —dijo Simeon—; la carne es débil.
—Creo que mi carne serĂa lo bastante fuerte, en semejantes circunstancias —dijo Phineas, extendiendo los brazos como si fueran las aspas de un molino de viento—. No estoy seguro, amigo George, de que no te sujetarĂa a un tipo si tĂş tuvieses alguna cuenta pendiente con Ă©l.
—Si el hombre está justificado alguna vez a resistirse al mal —dijo Simeon—, entonces George deberĂa sentirse libre para hacerlo ahora; pero los maestros de nuestro pueblo enseñaban un camino mejor; pues la ira del hombre no logra la justicia de Dios, sino que hace mucho daño a la voluntad corrupta del hombre y nadie puede recibirla salvo aquĂ©l a quien Él se la da. ¡Roguemos al Señor que no nos sintamos tentados!
—Ya ruego yo —dijo Phineas—, pero si nos sentimos tentados, ¡pues que anden con ojo, eso es todo!
—Está claro que no naciste entre nosotros —dijo Simeon con una sonrisa—. Tu antigua naturaleza sigue bastante fuerte dentro de ti.