La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Estas palabras calaron hondas en el corazón de Eliza; apareció ante sus ojos la imagen del tratante y se puso pálida y comenzó a jadear como si le hubiesen asestado un golpe mortal. Miró nerviosa hacia el porche, donde se había retirado el niño, aburrido con la conversación seria, y donde iba de un lado a otro montado en el bastón del señor Shelby. Estaba a punto de comunicar sus temores a su marido, pero se contuvo.

«No, no, bastante tiene que aguantar el pobre», pensó. «No se lo contaré. Además, no es verdad. El amo no nos engaña jamás».

—Así pues, Eliza, hija —dijo abatido el marido—, no te amilanes. Y adiós, porque me marcho.

—¿Marcharte, George? ¿Marcharte adónde?

—Al Canadá —dijo él, irguiéndose—; y cuando llegue allí, te compraré: es la única esperanza que nos queda. Tienes un amo bondadoso, que no se negará a venderte. Os compraré a ti y al niño, ¡con la ayuda de Dios, lo haré!

—Pero será terrible si te cogen.

—No me cogerán, Eliza; antes moriré. Seré libre o moriré.

—¡No te matarás!

—No hará falta. Ellos no vacilarán en matarme; no me cogerán vivo río abajo.


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