La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Oh, George, ¡ten cuidado, hazlo por mÃ! No hagas nada malo; no te hagas daño ni a ti mismo ni a otro. Las tentaciones son fuertes, muy fuertes; pero no…, debes irte…, pero ve con cuidado y prudencia; reza a Dios para que te ayude.
—Escucha mi plan, entonces, Eliza. Al amo se le ha ocurrido mandarme pasar por aquà con una nota para el señor Symms, que vive una milla más adelante. Creo que sabÃa que vendrÃa aquà a contarte las noticias. Eso le gustarÃa, si creyera que iba a molestar a «la gente de Shelby», como los llama. Me iré a casa resignado del todo, ¿sabes? como si todo hubiera acabado. He hecho algunos preparativos, y tengo a algunas personas que me ayudarán. Un dÃa u otro, de aquà a una semana o asÃ, estaré entre los desaparecidos. Reza por mÃ, Eliza; quizás el Señor te escuche a ti.
—Reza tú también, George, y confÃa en Dios; asà no harás nada malo.
—Entonces, adiós —dijo George, cogiéndole las manos a Eliza y mirándole, inmóvil, los ojos. Se quedaron callados; luego hubo palabras de última hora, y sollozos, y amargo llanto, pues las esperanzas de un reencuentro tras la partida eran tan frágiles como una telaraña, y se separaron marido y mujer.