La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Vamos, vamos! —dijo un hombre bajito y rechoncho, adelantándose y sonándose la nariz al mismo tiempo—. Joven, no deberÃas hablar de esa forma. Verás, nosotros somos oficiales de la justicia. Tenemos la ley y el poder y todo lo demás de nuestra parte, asà que será mejor que os rindáis pacÃficamente, porque al final no tendréis más remedio que entregaros.
—Sé muy bien que tenéis la ley y el poder de vuestra parte —dijo amargamente George—. Pensáis coger a mi esposa para venderla en Nueva Orleáns, colocar a mi hijo en el corral de un tratante como si fuese un ternero y devolver a la madre de Jim al bruto que la azotó y maltrató antes cuando no pudo maltratar a su hijo. Queréis mandar a Jim y a mà de vuelta para que nos azoten y torturen y nos pisoteen bajo sus botas los que vosotros llamáis amos; y vuestras leyes os apoyan, lo que es una vergüenza para ellas y para vosotros. Pero no nos tenéis. Nosotros no reconocemos vuestras leyes; no reconocemos vuestro paÃs; estamos aquà de pie, tan libres bajo el cielo del Señor como lo sois vosotros; y juro por el gran Dios que nos creó que lucharemos por nuestra libertad hasta la muerte.