La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Cayó abajo al abismo, haciendo chascar a su paso árboles, matorrales, troncos y piedras hasta quedar magullado y gimiendo a treinta pies de profundidad. La caÃda hubiera podido matarlo si no la hubiese mitigado su ropa al engancharse en las ramas de un gran árbol; pero cayó con mucha fuerza, no obstante, más de la que le era agradable o conveniente.
—¡Que Dios nos proteja, son unos demonios! —dijo Marks, a la cabeza del grupo, bajando las rocas con más ahÃnco del que habÃa puesto en subirlas, con toda la cuadrilla dando tumbos para seguirle, sobre todo el alguacil gordezuelo, que bufaba y resoplaba de manera muy enérgica.
—Bien, muchachos —dijo Marks—, id vosotros a recoger a Tom mientras yo me monto al caballo y voy por ayuda, eso es —y, haciendo caso omiso de las mofas y las befas de sus compañeros, Marks cumplió lo dicho y un instante después se le vio desaparecer al galope.
—¿Habéis visto alguna vez a un canalla tan ladino? —dijo uno de los hombres—. ¡Viene aquà a cumplir con su deber y se larga de esta manera!
—Bueno, debemos recoger a ese tipo, pero —dijo otro— que me condenen si me importa que esté vivo o muerto. Los hombres, guiados por los gemidos de Tom, se abrieron paso dificultosamente entre tocones, troncos y matorrales hasta donde yacÃa el héroe quejándose y jurando alternativamente con gran energÃa.