La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —Te quejas bastante, Tom —dijo uno—. ÂżEstás malherido?
—No lo sé. Levantadme, vamos. ¡Maldigo a ese dichoso cuáquero! De no ser por él, yo hubiese lanzado a unos cuantos de ellos aquà abajo, a ver si les gustaba.
Con mucho trabajo y grandes lamentos, ayudaron al hĂ©roe caĂdo a levantarse; con un hombre sujetándole a cada lado, consiguieron llevarlo hasta los caballos.
—A ver si podĂ©is llevarme a aquella taberna que está a una milla de aquĂ. Dadme un pañuelo o algo para ponerlo aquĂ a ver si deja de sangrar tanto.
George se asomó por encima de las rocas y los vio intentar subir al grandullón de Tom a la silla. Después de dos o tres intentos inútiles, se tambaleó y cayó pesadamente al suelo.
—¡Ay, espero que no esté muerto! —dijo Eliza, que observaba lo sucedido junto a los demás miembros de su grupo.
—¿Por qué? —dijo Phineas—. Se lo tiene merecido.
—Porque después de la muerte viene el juicio —dijo Eliza.
—Sà —dijo la anciana, que habĂa estado lamentándose y rezando a su estilo metodista durante toda la refriega—, mal asunto para el alma de la pobre criatura.