La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Válgame Dios! Creo que lo van a dejar allà —dijo Phineas.
Era cierto, después de unos alardes de indecisión y consulta, todo el grupo se montó a los caballos y se marcharon. Cuando hubieron desaparecido de vista, Phineas empezó a moverse.
—Debemos bajar y caminar un trecho —dijo—. He dicho a Michael que se adelante a traer ayuda y que vuelva aquà con el carro, pero tendremos que andar un poco por la carretera para encontrarnos con ellos, supongo. ¡Dios quiera que venga pronto! Es temprano y habrá poco tráfico de momento; no estamos a más de dos millas de nuestro apeadero. Si la carretera no hubiese sido tan accidentada, los hubiéramos eludido del todo.
Al aproximarse el grupo a la valla, vieron volver su propio carretón a lo lejos en la carretera, acompañado de unos hombres a caballo.
—Bien, ahà está Michael con Stephen y Amariah —exclamó Phineas con alegrÃa—. Ya está claro, estamos tan a salvo como si hubiéramos llegado.
—Pues entonces —dilo Eliza—, detengámonos para hacer algo por ese pobre hombre; se queja muchÃsimo.
—Lo cristiano —dijo George— serÃa recogerlo y llevarlo a algún sitio.