La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —Y curarlo entre los cuáqueros —dijo Phineas—. ¡Eso estarĂa bien! Pues a mĂ me da igual. Veámoslo —y Phineas que, durante sus dĂas de cazador y hombre del bosque habĂa aprendido algunos conocimientos rudimentarios de cirugĂa, se arrodillĂł junto al herido e iniciĂł un cuidadoso reconocimiento de su estado.
—Marks —dijo Tom débilmente—, ¿eres tú, Marks?
—No, me temo que no, amigo —dijo Phineas—. Mucho le importas tú a Marks, siempre que su propio pellejo esté a salvo. Hace rato que se ha ido.
—Creo que ha llegado mi hora —dijo Tom—. ¡Maldita rata, dejar que me muera yo solo! Mi pobre madre siempre me dijo que ocurrirĂa asĂ.
—¡Vaya por Dios! ÂżOĂs al pobre tipo? Ahora resulta que tiene madre —dijo la negra anciana—. No puedo evitar tenerle un poco de pena.
—Tranquilo, tranquilo; no reniegues ni rezongues, amigo —dijo Phineas, cuando Tom dio un respingo de dolor y le apartó la mano—. No tienes nada que hacer si no puedo detener la hemorragia y Phineas se puso a improvisar unos remedios quirúrgicos utilizando su propio pañuelo y los que pudo recoger entre los demás.
—Tú me empujaste —dijo Tom débilmente.