La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Ya lo creo que iré al Cielo! —dijo la mujer—. ¿No es allà donde van los blancos? ¿Crees tú que ellos me querrán tener allÃ? Prefiero ir al infierno y escaparme de los amos. Ya lo creo —dijo, y con su gemido habitual, cargó la cesta en la cabeza y se alejó hoscamente.
Tom se volvió y caminó de vuelta hacia la casa. En el patio se encontró con la pequeña Eva, con una corona de nardos en la cabeza y los ojos radiantes de alegrÃa.
—¡Oh, Tom, estás ahÃ! Me alegro de encontrarte. Papá dice que puedes sacar los caballos para llevarme de paseo en mi nuevo carruaje —dijo, cogiéndole de la mano—. ¿Pero qué te pasa, Tom? Pareces muy serio.
—Me siento mal, señorita Eva —dijo Tom con tristeza—. Pero le sacaré los caballitos.
—Pero dime qué ocurre, Tom. Te he visto hablar con la vieja y arisca Prue.
Tom le contó a Eva la historia de la mujer con palabras sencillas y serias. Ésta no lloró ni hizo comentarios ni preguntas, como hacen los demás niños. Se le empalideció el rostro y una oscura sombra cruzó por sus ojos. Puso las dos manos sobre el pecho y suspiró profundamente.