La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Dime, ¿qué perversidad se ha cometido ahora? —preguntó él.
—Pues que aquellas personas han matado a Prue de una azotaina —dijo la señorita Ophelia, quien se puso a contarle la historia con abundancia de detalles, explayándose en los pormenores más escabrosos.
—Ya me pareció que acabarÃa la cosa asÃ, tarde o temprano dijo St. Clare, poniéndose a leer de nuevo el periódico.
—¡Que ya te parecÃa! ¿Es que no vas a hacer nada al respecto? —preguntó la señorita Ophelia—. ¿No tenéis alguaciles, o algo parecido, que se hagan cargo de tales asuntos?
—La opinión general es que las leyes de la propiedad son una defensa suficiente en estos casos. Si a la gente le da por estropear sus propias posesiones, no se qué se puede hacer. Parece ser que la pobre criatura era una ladrona y una borracha; asà habrá poca posibilidad de que se le tenga compasión.
—¡Es un ultraje, es horroroso, Augustine! ¡Serás castigado por esto!