La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bueno, no se lo digas a nadie pero Prue se emborrachó de nuevo y la llevaron abajo a la bodega; la dejaron todo el dÃa allÃ, y les oà decir que se habÃan apoderado de ella las moscas… y que está muerta.
Dinah alzó las manos y, al girarse, vio la forma espectral de Evangeline junto a ella, los grandes ojos mÃsticos dilatados por el espanto y sin una gota de sangre en los labios o las mejillas.
—¡El Señor nos ampare, la señorita Eva va a desmayarse! ¿Qué estarÃamos pensando para dejar que nos oyese hablar de tales cosas? Su padre se pondrá furioso.
—No me desmayaré, Dinah —dijo la niña con firmeza—, y ¿por qué no habÃa de oÃros? No es tan malo para mà oÃrlo como para la pobre Prue sufrirlo.
—¡Señor, señor, estas historias no son para damitas dulces y delicadas como usted! ¡PodrÃan matarlas!
Eva volvió a suspirar y subió las escaleras con paso lento y melancólico.
La señorita Ophelia preguntó ansiosamente por la historia de la mujer. Dinah le dio una versión prolija, a la que Tom aportó los pormenores que habÃa conseguido sonsacarle a Prue aquella mañana.
—¡Una historia abominable, totalmente abominable! —exclamó, al entrar en la habitación donde St. Clare yacÃa leyendo el periódico.