La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom En un rincón había una cama, cubierta por una colcha blanca como la nieve, y al lado un pedazo de moqueta de gran tamaño. La tía Chloe consideraba esta moqueta una muestra inequívoca de pertenecer a la clase superior, por lo que ésta, la cama y, de hecho, todo el rincón eran tratados con una consideración distinguida y eran denominados sagrados y protegidos, en lo posible, de las incursiones y profanaciones de la gente menuda. En realidad, ese rincón era el salón del domicilio. En el otro rincón había una cama con pretensiones más humildes, claramente designada al uso. Decoraban la pared de encima de la chimenea unas pintorescas láminas bíblicas y un retrato del General Washington, dibujado y coloreado de una forma que hubiese dejado atónito a aquel héroe si por casualidad se lo topara.
En un tosco banco del rincón, un par de niños de cabeza lanuda, centelleantes ojos negros y mejillas rellenas y relucientes vigilaban los primeros intentos de andar del bebé, que consistían, como suele suceder, en ponerse de pie, mantenerse un momento en equilibrio y desplomarse de nuevo, y cada fracaso recibía un entusiasta aplauso como si de una gran hazaña se tratara.