La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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El bello rostro de St. Clare se nubló durante un instante. Dijo:

—Vamos, prima, no te quedes ahí de pie como una Parca; sólo te has asomado a la cortina y has visto una muestra de lo que ocurre en todo el mundo, bajo una forma u otra. Si fuéramos a andar husmeando y entrometiéndonos en todas las miserias de la vida, no tendríamos ganas de nada. Es igual que mirar demasiado de cerca todos los detalles de la cocina de Dinah —y St. Clare se tumbó de nuevo en el sofá y se puso a leer su periódico.

La señorita Ophelia se sentó, sacó su labor de calceta y se quedó sentada, ceñuda por la indignación. Tejió y tejió, pero mientras reflexionaba, el fuego seguía ardiendo dentro de ella; por fin estalló:

—Te digo, Augustine, que yo no puedo superar tales cosas, como tú. ¡Es una abominación que defiendas semejante sistema, eso es lo que pienso!

—¿Ahora qué? —dijo St. Clare, levantando la vista—. Conque vuelves a la carga, ¿eh?

—¡Digo que es totalmente abominable que defiendas tal sistema! —dijo la señorita Ophelia, cada vez más enardecida.

—¿Que yo lo defiendo, mi querida amiga? ¿Quién te ha dicho que yo lo defienda? —dijo St. Clare.


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