La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Lo soy? Bueno, lo soy, supongo; pero quiero ser serio por una vez, pásame aquella cesta de naranjas; ya ves, tendrás que «detenerme con bebidas y consolarme con manzanas», si he de hacer este esfuerzo. Bien —dijo Augustine, acercándose la cesta—, empezaré: Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, es necesario que un individuo mantenga cautivos a dos o tres docenas de sus homólogos gusanos, la consideración por las opiniones de la sociedad requiere…
—A mà no me parece que estés siendo más serio —dijo la señorita Ophelia.
—Espera, que ya voy, ya te enterarás. El caso es, prima, en resumen —dijo y su semblante adquirió de repente una expresión seria e intensa—, sobre esta cuestión abstracta de la esclavitud puede haber, a mi modo de ver, una sola opinión. Los dueños de plantaciones, que ganan dinero con ella, los clérigos, que quieren complacer a éstos, los polÃticos, que quieren el poder, pueden retorcer y distorsionar el lenguaje y ética hasta tal punto que el mundo se asombre por su ingenuidad; pueden retorcer la naturaleza y la Biblia y sabe Dios qué más para sus fines; pero, después de todo, ni el mundo ni ellos mismos creen en ello un átomo más. Es cosa del diablo, ésa es la pura verdad y, en mi opinión, es una muestra bastante buena de lo que éste es capaz de conseguir.