La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Primo Augustine —dijo la señorita Ophelia muy seria, dejando a un lado la calceta—, supongo que me merezco que me censures mis defectos. Sé que tienes razón en todo lo que dices; nadie los siente más que yo; pero asà y todo, me parece que hay alguna diferencia entre tú y yo. Yo creo que me cortarÃa la mano derecha antes de seguir dÃa tras dÃa haciendo algo que me pareciera mal. Pero mi conducta concuerda tan poco con lo que predico, que no me extraña que me lo censures.
—Vamos, vamos, prima —dijo Augustine, sentándose en el suelo y apoyando la cabeza en el regazo de ella— ¡no reniegues tanto! Sabes lo inútil y desvergonzado que he sido siempre. Me gusta provocarte, eso es todo, para ver cómo te pones tan seria. Creo realmente que eres desesperante y embarazosamente buena; me agota mortalmente pensarlo.
—Pero éste es un tema muy serio, Auguste, hijo —dijo la señorita Ophelia, tocándole la frente con la mano.
—Tristemente serio —dijo él—; y yo nunca quiero hablar seriamente cuando hace calor. Con los mosquitos y todo, a uno le cuesta mucho alcanzar sublimes cimas morales; y creo —dijo St. Clare, excitándose de pronto— ¡qué teorÃa! Ya entiendo por qué las naciones del Norte son siempre más virtuosas que las del Sur; ya entiendo todo el asunto.
—¡Ay, Augustine, triste cabeza de chorlito!