La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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»Yo tenía una sensibilidad malsana y una agudeza de sentimientos hacia todos los temas posibles que ni él ni mi padre comprendían y a los que ninguno de los dos tenía ninguna simpatía. Pero mi madre sí; por eso, cuando reñía con Alfred y mi padre me dirigía una mirada severa, solía acudir al cuarto de mi madre y sentarme a su lado. Recuerdo exactamente el aspecto que tenía, con sus pálidas mejillas, sus ojos profundos y graves, su vestido blanco —siempre vestía de blanco—; y solía pensar en ella cuando leía en el Apocalipsis sobre los santos que iban ataviados de lino puro, limpio y blanco. Tenía muchos talentos para diferentes cosas, especialmente para la música; y solía sentarse ante el órgano tocando la hermosa música antigua de la iglesia católica y cantando con una voz más propia de un ángel que de una mujer mortal; y yo solía apoyar la cabeza en su regazo y llorar y soñar y sentir, de forma desmedida, cosas que no tenía lenguaje para describir.

»En aquellos tiempos, el tema de la esclavitud no se cuestionaba como hoy; nadie soñaba que tuviera nada de malo. Mi padre era un aristócrata nato. Creo que en una vida anterior estaría en uno de los círculos superiores de espíritus y que trajo a este mundo todo el orgullo de su corte anterior; porque le era algo natural, hondamente arraigado, aunque él provenía de una familia pobre y nada noble. Mi hermano salió idéntico a él.


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