La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Qué pobre y mezquina bagatela es todo aquello de la virtud humana! Una simple cuestión, en la mayorÃa de los casos, de latitud y longitud y posición geográfica, actuando junto con el temperamento natural. ¡La mayorÃa no es más que un accidente! Tu padre, por ejemplo, se instala en Vermont, en un pueblo donde todos son, de hecho, libres e iguales; se convierte en miembro practicante y diácono de la iglesia, y, en su momento, se hizo de una sociedad de abolicionistas, y a nosotros nos considera poco más que paganos. Sin embargo, bajo todos los conceptos, es una réplica de mi padre por su constitución y sus costumbres. Lo veo translucirse en cincuenta detalles diferentes: el mismÃsimo espÃritu arrogante, fuerte y dominante. Sabes muy bien que es imposible convencer a algunas de las personas de tu pueblo de que el señor Sinclair no se siente superior a ellas. El caso es que, aunque le ha correspondido una época democrática y ha adoptado una teorÃa democrática, en el fondo es un aristócrata, tanto como mi padre, que reinaba sobre quinientos o seiscientos esclavos.
La señorita Ophelia tenÃa intención de poner reparos a esta opinión y dejaba su calceta para comenzar, pero la detuvo St. Clare.