La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡HipocresÃas! Aún no nos vemos reducidos a eso. Alfred, que es un déspota tan convencido como cualquiera que haya existido, no se escuda en ese tipo de defensa; no, él se apoya, altivo y altanero, en aquel viejo fundamento respetable: el derecho del más fuerte; y dice, y creo que con bastante sensatez, que el plantador americano «sólo hace, de alguna manera, lo que hacen la aristocracia y los capitalistas ingleses hacen con las clases inferiores»; es decir, deduzco, apropiarse de ellos, cuerpo y alma, para su propio uso y conveniencia personal. Él defiende los dos y creo que es consistente, por lo menos. Dice que no puede haber una elevada civilización sin la esclavitud, nominal o real, de las masas, nominales o reales. Dice que debe haber una clase inferior, que se entregue al trabajo fÃsico y se limite a vivir como animales; y asà la superior adquiere ocio y riquezas para expandir su inteligencia y su educación y convertirse en el alma directora de la inferior. Asà razona él, porque, como ya he dicho, es un aristócrata; yo no creo en ello, porque nacà demócrata.
—¡Pero de ninguna manera pueden compararse las dos cosas! —dijo la señorita Ophelia—. No venden, explotan, separan de su familia ni azotan al trabajador inglés.