La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom »Cuando yo trabajaba con él, insistí en que se ocupara de su educación; y, para complacerme, contrató a un capellán para que impartiera clases de catequesis los domingos aunque creo que él pensaba, en el fondo, que serviría para lo mismo catequizar sus caballos y sus perros. Y el caso es que poco se puede hacer en unas horas los domingos, con unas mentes debilitadas y embrutecidas por todas las malas influencias desde su nacimiento, que pasan cada día laborable entero entregadas a las faenas más duras sin necesidad de reflexionar jamás. Quizás los profesores de las escuelas dominicales de los trabajadores de las fábricas de Inglaterra y los de los braceros de las plantaciones de nuestro país podrían dar fe de que consiguen los mismos resultados, allí y aquí. Sin embargo, hay algunas excepciones llamativas entre nosotros, debidas a que el negro es más impresionable que el blanco al sentimiento religioso.
—Bien —dijo la señorita Ophelia—, ¿cómo llegaste a dejar la vida de la plantación?