La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Bueno, seguimos a trompicones durante algún tiempo, hasta que Alfred vio claramente que yo no servía como plantador. A él le parecía absurdo, después de reformar, modificar y mejorarlo todo para complacer mis caprichos, que aún no estuviera satisfecho. El problema era, al fin y al cabo, que lo que yo odiaba era el Sistema: utilizar a estos hombres y mujeres, perpetrar toda esta ignorancia, brutalidad y vicio ¡sólo para que yo ganase dinero!

»Además, siempre interfería con los detalles. Como yo mismo era un mortal de lo más perezoso, tenía demasiada simpatía por los perezosos; y cuando los pobres tipejos inútiles ponían piedras en el fondo de sus cestas de algodón para que pesaran más o llenaban de tierra sus sacos, con algodón sólo arriba, se parecía tanto a lo que yo hubiera hecho en su lugar que no consentía en hacerles azotar por ello. Pero por supuesto, esto acabó con la disciplina de la plantación, y Alfred y yo llegamos al mismo punto donde hubiéramos llegado mi respetado padre y yo años atrás. Así que me dijo que yo era sentimental como una mujer y que no serviría nunca para los negocios, y me aconsejó que me quedara con dinero y acciones y la mansión familiar de Nueva Orleáns y que me dedicara a escribir poesía, y le dejara a él dirigir la plantación. De modo que nos separamos y yo me vine aquí.

—¿Pero por qué no liberaste a tus esclavos?


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