La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Qué quieres decir, Eva?
—No te lo puedo decir, papá. Pienso en muchas cosas. Quizás algún dÃa te lo diga.
—Bien, piensa todo lo que quieras, querida, pero no llores para no preocupar a tu papá —dijo St. Clare—. Mira qué precioso melocotón tengo para ti.
Eva lo cogió sonriendo, aunque todavÃa se veÃan unos espasmos nerviosos en las comisuras de su boca.
—Ven y mira los peces de colores —dijo St. Clare, cogiéndole de la mano para llevarla al porche. Unos minutos después, se oÃan alegres carcajadas a través de las cortinas de seda, mientras Eva y St. Clare se tiraban rosas y se perseguÃan por los senderos del patio.
Existe peligro de que se olvide a nuestro humilde amigo Tom entre las aventuras de los de cuna más elevada; pero si nuestros lectores nos acompañan a un pequeño desván que hay encima del establo, puede que averigüen algo de su vida. Era un cuartito decente y contenÃa una cama, una silla y una pequeña y burda mesa, donde estaban la Biblia y el himnario de Tom; y en este momento, él está sentado delante con su pizarra en la mano, concentrado en alguna cosa que parece exigirle una gran cantidad de reflexión ansiosa.