La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No. El muy tonto rompió el documento por la mitad y se negó a dejarme. Nunca he tenido a un hombre más valiente o mejor, tan honrado y fidedigno. Se convirtió al cristianismo después y se hizo manso como un niño. DirigÃa mi propiedad del lago y lo hacÃa estupendamente. Lo perdà en la primera epidemia de cólera. De hecho, dio su vida por mÃ. Porque yo estaba enfermo, casi moribundo; y cuando todos los demás huyeron, presas del pánico, Scipio me cuidó como un gigante y realmente me devolvió a la vida. Pero, ¡pobre hombre! Cayó enfermo enseguida y no se le pudo salvar. Nunca me ha apenado más la muerte de alguien.
Eva se habÃa ido acercando más y más a su padre mientras contaba esta historia; tenÃa los pequeños labios separados y los ojos muy abiertos con un interés serio y absorbente.
Cuando terminó él, le echó los brazos al cuello, rompió a llorar y sollozó convulsivamente.
—Eva, querida, ¿qué pasa? —preguntó St. Clare, viendo como temblaba y se agitaba el pequeño cuerpo de la niña con la violencia de sus sentimientos—. Esta niña —añadió— no deberÃa enterarse de este tipo de cosas, es demasiado nerviosa.
—No, papá, no soy nerviosa —dijo Eva, controlándose de repente con una fuerza de resolución extraordinaria para una persona tan joven—. No soy nerviosa, pero estas cosas me traspasan al corazón.