La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom »Pues los perros ladraban y aullaban y nosotros cabalgamos y corrimos y al final lo localizamos. Corría y saltaba como un gamo y nos mantuvo a raya durante mucho rato, pero finalmente se vio atrapado en un espeso cañaveral; se volvió para defenderse y os aseguro que luchó con gran valor contra los perros. Los lanzaba de un lado a otro y llegó incluso a matar a tres de ellos con sus manos desnudas, pero entonces fue derribado de un tiro y cayó herido y sangrando casi a mis pies. El pobre hombre me miró con valentía y desesperación a la vez. Refrené a los perros y a los hombres cuando se lanzaron sobre él y lo reclamé como prisionero mío. Hizo falta toda mi habilidad para evitar que lo mataran de un tiro con la exaltación del éxito; pero saqué a relucir nuestro acuerdo y Alfred me lo dio. Pues, bien, me hice cargo de él y quince días después lo había domado y era tan dócil y manejable como se pudiera desear.
—¿Qué demonios le hiciste? —preguntó Marie.
—Bien, fue un procedimiento bastante sencillo. Lo llevé a mi propio cuarto, mandé preparar una buena cama, curé sus heridas y lo atendí yo mismo hasta que se pudo poner de pie. Y, con el tiempo, le conseguí el documento de emancipación y le dije que podía ir adónde quisiera.
—¿Y se fue? —preguntó la señorita Ophelia.