La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Era una de las más negras de su raza; y los brillantes ojos redondos, que parecían dos cuentas de cristal, se movían rápida y nerviosamente por todo lo que contenía la habitación. La boca, entreabierta por el asombro que sentía ante las maravillas del salón de su nuevo amo, dejaba ver una dentadura blanca y reluciente. El lanudo cabello estaba peinado con una serie de pequeñas colas, que se erizaban en todas direcciones. La expresión del rostro era una extraña mezcla de astucia e ingenio sobre la que había superpuesto, como si fuera un velo, un gesto de la máxima gravedad y tristeza. Iba vestida con una sola prenda de arpillera, andrajosa y sucísima, y estaba de pie con las manos recatadamente juntadas delante de ella. En conjunto, había algo de extraño en su apariencia de duende, algo, como dijo después la señorita Ophelia, «tan pagano», que llenó de consternación a la buena señora, por lo que se volvió hacia St. Clare y le preguntó:
—Augustine, ¿me puedes explicar por qué has traído a esta criatura aquí?
—Pues para que tú la eduques, claro, y la lleves por el buen camino. Me ha parecido que era un espécimen bastante raro de su raza. Vamos, Topsy —añadió, con un silbido, como para llamar la atención de un perro—, cántanos algo y déjanos ver uno de tus bailes.