La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom La señorita Ophelia se quedó absolutamente perpleja; aun más porque en ese momento entró Rosa en la habitación con una cesta de ropa blanca recién planchada sobre la cabeza ¡y los pendientes de coral tintineaban en sus orejas!
—¡Desde luego no sé qué se puede hacer con una niña asÃ! —dijo desesperada—. ¿Quieres explicarme por qué me has dicho que has cogido esas cosas, Topsy?
—Pues el amita ha dicho que tenÃa que confesar y no se me ha ocurrido otra cosa que confesar —dijo Topsy, frotándose los ojos.
—Pero yo no querÃa que confesaras cosas que no habÃas hecho, desde luego —dijo la señorita Ophelia—; eso es mentir, exactamente igual que lo contrario.
—Caramba, ¿lo es? —preguntó Topsy con aire de inocente asombro.
—Señor, no hay ni una pizca de verdad en esta criatura —dijo Rosa, mirando a Topsy indignada—. Si yo fuera el señorito St. Clare, la azotarÃa hasta hacerle saltar la sangre. Ya lo creo, ¡se llevarÃa su merecido!
—¡No, no, Rosa —dijo Eva, con el aire autoritario que era capaz de adoptar a veces—, no debes hablar asÃ! No soporto oÃrte.
—Caramba, señorita Eva, es usted tan buena que no tiene ni idea de cómo tratar a los negros. No hay otra forma más que zurrarlos bien, ya lo creo.