La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Pobre Topsy, ¿por qué has de robar? Ahora vamos a cuidarte bien. Yo, por mi parte, preferiría darte una cosa mía a que me la robes.
Eran las primeras palabras amables que hubiera oído la niña en su vida; la dulzura del tono y el talante tocaron una fibra nueva de su corazón indomado y salvaje, y algo semejante a una lágrima relució en sus perspicaces ojos redondos y brillantes, pero fue seguida por una breve carcajada y la mueca acostumbrada. ¡No! Un oído que nunca ha captado más que insultos es extrañamente incrédulo ante una cosa tan celestial como la amabilidad, por lo que a Topsy sólo le pareció curioso e inexplicable el discurso de Eva; no se lo creyó.
¿Pero qué iban a hacer con Topsy? A la señorita Ophelia el caso le planteaba un dilema: sus normas educativas no parecían ser aplicables. Decidió que se tomaría algún tiempo para pensárselo; así que, para ganar tiempo y con la esperanza de que adquiriese algunas de las virtudes morales que se suponen inherentes a los armarios oscuros, la señorita Ophelia encerró a Topsy en uno hasta haber aclarado algo más sus ideas sobre el tema.
—No sé —dijo la señorita Ophelia a St. Clare— cómo voy a entenderme con esa niña sin azotarla.
—Pues entonces azótala todo lo que quieras; te autorizo a que hagas lo que te plazca.