La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Topsy se convirtió enseguida en un personaje famoso en la casa. Sus talentos para toda clase de bufonerÃa, muecas y mÃmica, para bailar, dar volteretas, trepar, cantar, silbar e imitar cada sonido que le viniera en gana parecÃan inagotables. En sus horas de juego, invariablemente tenÃa a todos los niños de la casa pisándole los talones boquiabiertos de admiración y embeleso, sin exceptuar a la señorita Eva, que parecÃa sentirse tan fascinada por su salvaje hechicerÃa como a veces se siente fascinada una paloma por una rutilante serpiente. A la señorita Ophelia le inquietaba que a Eva le atrajera tanto la compañÃa de Topsy, y le rogó a St. Clare que se lo prohibiese.
—¡Bah!, deja a la niña en paz —dijo St. Clare—. Topsy le hará bien.
—Pero una niña tan depravada, ¿no tienes miedo de que le enseñe alguna maldad?
—No puede enseñarle maldades; puede que a algunos niños, pero la maldad resbala de la mente de Eva como el rocÃo de una hoja de col: no cala ni una gota.
—No estés tan seguro —dijo la señorita Ophelia—. Yo nunca dejarÃa a un hijo mÃo jugar con Topsy, desde luego.
—Pues no dejes a tus hijos jugar con ella —dijo St. Clare—, pero yo a la mÃa sà la dejo. Si algo hubiera podido echar a perder a Eva, hace años que habrÃa sucedido.