La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom En una ocasión, la señorita Ophelia encontró a Topsy con su mejor chal de crespón rojo de la India envuelto en la cabeza a modo de turbante, ensayando ante el espejo con gran estilo; pues la señorita Ophelia, con un descuido poco habitual en ella, había dejado puesta la llave de su cajón.
—¡Topsy! —decía, cuando se quedaba totalmente sin paciencia— ¿qué te hace actuar así?
—No sé, amita: Supongo que es por lo mala que soy.
—¡No sé qué puedo hacer contigo, Topsy!
—Caramba, amita, debe usted azotarme; mi antigua ama me azotaba siempre. No estoy acostumbrada a trabajar si no me azotan.
—Pero, Topsy, no quiero azotarte. Puedes hacer las cosas bien si quieres; ¿por qué no quieres?
—Caramba, amita, estoy acostumbrada a las azotainas; supongo que me convienen.
La señorita Ophelia probó a aplicar la receta y Topsy armaba invariablemente una gran conmoción, chillando, gimiendo y suplicando, aunque media hora más tarde, apostada en algún saliente del balcón y rodeada por un rebaño de jóvenes admiradores, expresaba un desprecio absoluto de todo el asunto.