La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —Al contrario, pregunta con mucha ansiedad —dijo la señora Shelby— cuándo vamos a reunir el dinero para redimirlo.
—Yo no lo sé, desde luego —dijo el señor Shelby—. Cuando los negocios empiezan a andar mal, parece que no acaba nunca la mala suerte. Es como saltar de una ciénaga a otra sin salir del pantano; tienes que pedir prestado a uno para pagar a otro, y luego pedir a otro para pagar a éste, y estos malditos pagarés vencen antes de que te dé tiempo de fumarte un cigarro y darte la vuelta; cartas y recados reclamando las deudas, todo precipitado y corriendo.
A mĂ me parece, querido, que se podrĂa hacer algo para enderezar las cosas. ÂżY si vendiĂ©ramos todos los caballos y una de las granjas y pagáramos todas las deudas?
—¡No seas ridĂcula, Emily! Eres la mujer más estupenda de Kentucky, pero aun asĂ no tienes suficiente sentido comĂşn para darte cuenta de que no entiendes de negocios; las mujeres no entendĂ©is nunca, sois incapaces de ello.
—Pero —dijo la señora Shelby—, Âżno podrĂas por lo menos explicarme algo de los tuyos: darme una lista de todas tus deudas, por ejemplo, y de todo lo que te deben a ti para que pueda intentar ayudarte a economizar?