La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Maldita sea, no me agobies, Emily! No puedo decÃrtelo exactamente. Sé más o menos por donde andan las cuentas, pero no se puede recortar y arreglar mis asuntos como Chloe recorta la corteza de sus pasteles. Tú no sabes nada de los negocios, insisto.
Y el señor Shelby, que no conocÃa otra forma de imponer sus ideas, elevó la voz, un método de argumentar muy útil y convincente cuando un caballero habla de negocios con su esposa.
La señora Shelby dejó de hablar con un pequeño suspiro. El caso era que, aunque su marido habÃa dicho que era sólo una mujer, tenÃa la mente clara, enérgica y práctica y una fuerza de carácter superior en todos los sentidos al de su marido, por lo que no hubiera sido tan absurdo considerarla capaz de llevar los negocios, tal como habÃa dicho el señor Shelby. Ella estaba empeñada en cumplir su promesa a Tom y la tÃa Chloe, y suspiró por los desengaños que se multiplicaban a su alrededor.
—¿No crees que podemos ingeniárnoslas para juntar ese dinero? ¡La pobre tÃa Chloe lo desea tanto!
—Siento que sea asÃ. Creo que me precipité al prometerlo. No estoy seguro de que lo mejor no sea decÃrselo a Chloe y que se vaya resignando. Tom tendrá otra esposa en un año o dos, y ella harÃa bien juntándose con otro.