La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Señor Shelby, he enseñado a mi gente que sus matrimonios son tan sagrados como los nuestros. Nunca se me ocurrirÃa darle semejantes consejos a Chloe.
—Es una lástima, esposa, que les hayas cargado con una moralidad por encima de su condición y expectativas. Siempre he sido de esa opinión.
—Es la moralidad de la Biblia, señor Shelby.
Bien, bien, Emily, no quiero meterme con tus ideas religiosas; es sólo que parecen poco apropiadas para gente de esa condición.
—Lo son, de hecho —dijo la señora Shelby—, y por eso odio toda la cuestión desde el fondo de mi alma. Te digo, querido, que yo no puedo exonerarme de las promesas que hago a estas criaturas indefensas. Si no puedo conseguir el dinero de otra manera, daré clases de música; sé que conseguirÃa bastantes y asà podrÃa ganar el dinero yo personalmente.
—No te degradarÃas de esa forma, ¿verdad, Emily? No podrÃa consentirlo.
—¡Degradarme! ¿Me degradarÃa tanto como romper una promesa hecha a los desamparados? ¡Desde luego que no!
—¡Siempre eres tan heroica y transcendental! —dijo el señor Shelby—, pero creo que deberÃas pensártelo antes de emprender una obra tan quijotesca.
Aquà la aparición de la tÃa Chloe en el extremo del porche interrumpió la conversación.