La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom ¿Había habido alguna vez una niña como Eva? Sí, las ha habido; pero siempre se ve sus nombres en las lápidas funerarias y sus dulces sonrisas, sus celestiales ojos, sus singulares palabras y costumbres se hallan siempre entre los tesoros ocultos de los corazones anhelantes. ¡En cuántas familias se oye la leyenda de que la bondad y las dotes de los vivos no son nada al lado de las de uno que ya no está entre ellos! Es como si el cielo tuviese una banda especial de ángeles cuya misión es vivir aquí una temporada para granjearse el cariño del díscolo corazón humano para llevárselo con ellos en su vuelo de regreso. Cuando se ve esa profunda luz espiritual en los ojos, cuando el alma se expresa con palabras más dulces y sabias que las palabras comunes de los niños, no intentéis retener a ese niño; pues lleva impreso el sello del cielo y la luz de la inmortalidad se asoma por sus ojos.
¡Aun así, querida Eva, estrella de tu hogar, te marchas! Pero no lo saben los que más te aman.
Una llamada impaciente de la señorita Ophelia interrumpió el coloquio entre Tom y Eva.
—¡Eva, Eva! Niña, cae el rocío; no debías estar ahí fuera.
Eva y Tom entraron apresuradamente.