La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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La señorita Ophelia había vivido muchos años y era muy hábil en el cuidado de los enfermos. Era de Nueva Inglaterra y conocía bien los primeros pasos engañosos de aquella enfermedad suave e insidiosa que barre a tantos seres bellos y delicados y, antes de que parezca que se ha roto una sola fibra de la vida, los señala irremediablemente para la muerte.

Se había fijado en esa ligera tos seca y la mejilla cada día más encendida; no podían engañarle el brillo de los ojos ni la vivacidad etérea de la fiebre.

Intentó comunicar sus temores a St. Clare; pero éste rechazaba sus insinuaciones con desasosegado malhumor, muy diferente de su habitual humor alegre y despreocupado.

—¡Déjate de malos augurios, prima, lo odio! —decía—; ¿no ves que sólo es el crecimiento? Los niños siempre se debilitan cuando crecen deprisa.

—Pero, ¿y esa tos?

—¿Y qué? Esa tos no es nada. A lo mejor se ha resfriado un poco.

—¡Pero así empezaron Eliza Jane y Ellen y Maria Sanders!


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