La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Si hay que decir la verdad, lo que le llegó más hondo en el corazón que lo demás era la madurez de la mente y los sentimientos de la niña, que aumentaban con cada día que pasaba. Aunque todavía tenía algunas ideas caprichosas propias de una niña, a veces dejaba caer, sin darse cuenta, palabras que mostraban tal amplitud de pensamientos y tanta sabiduría espiritual que parecían ser inspiradas. En tales momentos, St. Clare sentía un repentino escalofrío y la estrechaba en sus brazos, como si su abrazo pudiera salvarla; y su corazón se irguió con el loco empeño de quedársela para siempre y nunca dejarla marchar.

La niña parecía entregar todo el corazón y toda el alma a hacer obras de amor y bondad. Siempre había sido impulsivamente generosa, pero ahora tenía una conmovedora consideración de mujer que llamaba la atención a todo el mundo. Todavía le encantaba jugar con Topsy y los otros niños negros; pero ahora más parecía espectadora que participante de sus juegos y se quedaba sentada durante períodos de media hora riéndose de las originales gracias de Topsy, hasta que una sombra parecía pasar por su cara, los ojos se le humedecían y sus pensamientos se alejaban.

—Mamá —dijo de repente a su madre un día—, ¿por qué no enseñamos a leer a nuestros criados?

—¡Ni hablar, niña! ¡Eso no se hace!

—¿Por qué no? —preguntó Eva.


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