La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Por supuesto, Eva, más adelante tendrás otras cosas en qué pensar además de leer la Biblia a los criados. No es que no esté muy bien hacerlo. Yo misma lo he hecho cuando tenÃa salud. Pero cuando empieces a arreglarte para entrar en sociedad, no tendrás tiempo. ¡Mira! —añadió—, te voy a dar estas joyas cuando te presentes en sociedad. Yo me las puse en mi primer baile. Te digo, Eva, que causé sensación.
Eva cogió el joyero y sacó un collar de brillantes. Posó sus grandes ojos pensativos en él, pero estaba claro que su mente estaba en otra parte.
—¡Qué seria estás, niña! —dijo Marie.
—¿Esto vale mucho dinero, mamá?
—Claro que sÃ. Mi padre me lo mandó traer de Francia. Vale una pequeña fortuna.
—¡Ojalá fuera mÃo —dijo Eva—, y pudiera hacer con él lo que quisiera!
—¿Y qué harÃas?
—Lo venderÃa y comprarÃa un lugar en los estados libres y llevarÃa allà a toda nuestra gente y contratarÃa a profesores para enseñarles a leer y a escribir.
La carcajada de su madre interrumpió a Eva.
—¡MontarÃas un internado! ¿Y no les enseñarÃas a tocar el piano y pintar sobre terciopelo?