La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Joven amo —dijo Tom— me imagino que lo que iba a decir es que el caballo ha rodado por el suelo cuando lo traÃa aquà desde el establo, pues es muy brioso; asà se ha ensuciado; yo he visto cómo lo ha cepillado.
—¡Tú, cállate hasta que te pidan que hables! —dijo Henrique, dándole la espalda y subiendo las escaleras para hablar con Eva, que estaba vestida con su ropa de montar.
—Querida prima, siento que este tonto te haya hecho esperar —dijo—. Sentémonos aquà sobre este banco hasta que vuelvan. ¿Qué ocurre, prima? Estás muy seria.
—¿Cómo has podido ser tan cruel y malvado con el pobre Dodo? —preguntó Eva.
—¡Cruel y malvado! —dijo el muchacho, con una sorpresa no fingida—. ¿A qué te refieres, querida Eva?
—No quiero que me llames querida Eva si te portas asà —dijo Eva.
—Querida prima, tú no conoces a Dodo; es la única forma de tratarlo, está tan lleno de mentiras y excusas. La única forma es bajarle los humos enseguida, no dejarle que abra la boca; asà se las arregla papá.
—Pero el tÃo Tom ha dicho que era un accidente y nunca dice nada que no sea verdad.
—¡Pues entonces es un negro muy raro! —dijo Henrique—. Dodo miente tanto como habla.