La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Eva tenía un potro favorito de una blancura nívea. Era suave como la seda y tan apacible como su pequeña ama; Tom llevó este potrillo al porche trasero y un muchacho mulato de unos trece años llevó un pequeño árabe negro, que acababan de importar, por un precio muy alto, para Henrique.
—¿Qué pasa, Dodo, perro perezoso? No has cepillado mi caballo esta mañana.
—Sí, señorito —dijo Dodo dócilmente—. Se ha ensuciado después.
—¡Bribón, cállate la boca! —dijo Henrique, alzando con violencia su fusta—. ¿Cómo te atreves a contestarme?
El muchacho era un guapo mulato del mismo tamaño que Henrique, y su cabello se rizaba en torno a una frente alta y arrogante. Tenía sangre blanca en las venas, como podía deducirse del rubor de sus mejillas y el centelleo de sus ojos, cuando empezó a hablar con énfasis:
—Señorito Henrique… —comenzó.
Henrique le golpeó en pleno rostro con la fusta y, cogiéndolo por uno de los brazos, le obligó a ponerse de rodillas y le pegó hasta quedarse sin aliento.
—¡Toma, perro desobediente! ¡A ver si así aprendes a no contestar cuando te hablo! ¡Llévate el caballo de vuelta y límpialo bien! ¡Ya te enseñaré yo cuál es tu puesto!