La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Presagios
Dos días después, se despidieron Alfred St. Clare y Augustine; y Eva, a quien la compañía de su joven primo había animado a fatigarse más allá de lo que permitían sus fuerzas, empezó a debilitarse rápidamente. Por fin St. Clare se sintió dispuesto a pedir consejo médico, algo que había rechazado siempre por considerarlo como el reconocimiento de una verdad insoportable.
Pero durante un día o dos, Eva se encontraba tan mal que se quedó confinada a la casa y llamaron al médico.
Marie St. Clare no se había fijado en la salud y las fuerzas paulatinamente menguadas de su hija por estar totalmente absorta en el estudio de dos o tres síntomas nuevos de la enfermedad de la que se creía víctima ella misma. Era el primer principio de la creencia de Marie, según el cual nadie sufría ni había sufrido nunca tanto como ella, por lo que siempre rechazaba indignada la idea de que alguien de su entorno pudiera enfermar. Siempre estaba convencida, en tales casos, de que no era más que pereza o falta de energía; y que si hubieran padecido lo que ella, sabrían lo que es bueno.
La señorita Ophelia había intentado varias veces despertar su preocupación materna por Eva, pero en vano.
—A mí no me parece que le pase nada a la niña —decía—; corretea por ahí y juega.
—Pero tiene tos.