La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—¡Tos! ¡No hace falta que me digas a mí lo que es la tos! Yo siempre he sido propensa a la tos, toda mi vida. Cuando yo tenía la edad de Eva, creían que era tísica. Mi madre velaba conmigo noche tras noche. ¡Oh, la tos de Eva no tiene importancia!

—Pero se fatiga y se queda sin aliento.

—¡Caramba, eso me pasa a mí desde hace años! ¡Sólo son los nervios!

—Y suda tanto por las noches.

—Y yo también, desde hace diez años. Muchas veces se me empapa la ropa, noche tras noche. ¡No queda ni un hilo seco en mi camisón y las sábanas están tan mojadas que Mammy tiene que tenderlas para que se sequen! ¡Eva no suda de esa manera!

La señorita Ophelia cerró la boca durante una temporada. Pero ahora que Eva estaba postrada y visiblemente enferma y habían llamado al médico, Marie cambió de actitud de repente.

—Lo sé —decía—, siempre he sabido que era mi destino ser la más infeliz de las madres. Aquí estoy, con mi malísima salud, y mi única hija adorada se va a la tumba ante mis ojos y Marie sacaba a Mammy de la cama por la noche y despotricaba y alborotaba con más ahínco que nunca durante el día en virtud de esta nueva desgracia.

—¡Querida Marie, no hables así! —dijo St. Clare—. ¡No debes rendirte tan fácilmente!


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