La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿No te das cuenta de lo mucho que ha hecho por ti la señorita Ophelia? Dice que ha hecho todo lo que se le ha ocurrido.
—SÃ, señor, amito. Mi antigua ama lo decÃa también. Ella me pegaba mucho más fuerte y me tiraba del pelo y me golpeaba la cabeza contra la puerta, pero no servÃa de nada. Supongo que si me arrancaran cada cabello de la cabeza, tampoco servirÃa de nada, porque soy muy mala. ¡Caramba, sólo soy una negra!
—Pues yo tendré que dejarla estar —dijo la señorita Ophelia—; ya no puedo preocuparme más.
—Bien, sólo quisiera hacerte una pregunta —dijo St. Clare.
—¿Cuál?
—Bien, si tu evangelio no es lo bastante fuerte para salvar a una niña pagana que tienes aquà en casa para ti sola, ¿para qué sirve mandar a uno o dos pobres misioneros con él entre miles de ellos? Supongo que esta niña es un buen ejemplo de cómo son los miles de paganos.
La señorita Ophelia no contestó enseguida; y Eva, que habÃa presenciado la escena en silencio hasta ahora, hizo una seña a Topsy en silencio para que la siguiera. HabÃa una pequeña sala instalada en un extremo del porche, que solÃa utilizar St. Clare como una especie de sala de lectura; Eva y Topsy desaparecieron dentro.